
…recorría las calles de la ciudad sin saber exáctamente lo que buscaba. Tan sólo una nota manuscrita, que había encontrado días atrás abandonada en la mesa de su apartamento, le indicaba su objetivo. Una conocida calle del centro. Sus manos débiles y temblorosas denotaban su inexperiencia y su total vulnerabilidad ante el destino. Con una mezcla de miedo y ansiedad en sus ojos, salió de la estación de metro y se mezcló en la bulliciosa marea humana que avanzaba con vida propia, como si se tratase de un sólo ser.
Eso le recordó a las abejas. Había leído en internet que el comportamiento que éstas experimentan era similar al de un sólo ser. Se defendían en común, se alimentaban en común. También había leído “Presa”, de Michael Crichton, y se imaginó como un alma errante en medio del vacío, de un vacío llena de ruido y alborozo. Imaginó que sus pensamientos no tenían nada de casuales, que estaban de alguna manera ligados a su destino, que todos los pensamientos de esa marea humana fluían hasta el punto donde nacen los sueños.
¿Y por qué los sueños? El nunca soñaba lo que quería. Llevaba una vida normal, tenía un trabajo normal, una casa normal. Su vida había caído en la espiral del tedio y de la constancia. Quería escaparse en sus sueños, quería dar rienda suelta a todo lo que su inquieta mente pensaba y creaba, pero no tenía las herramientas. Por eso quería soñar, aunque era incapaz de reflejar en las tierras de Morfeo sus más añorados deseos. Leyó la nota: “me encontrarás, y también a ti mismo, en la Plaza Benavente”. Quizá no dudó en acudir nunca a la desconocida cita porque se sentía morir. En realidad, hacía tiempo que había terminado de morir: exáctamente el día que renunció a la improvisación del día a día. Y quería renacer, quería salir del mundo real.
Hizo un breve repaso a su existencia. Trabajaba en una empresa de éxito, era un hombre de éxito. Ganaba dinero. Pero el no quería vivir para trabajar, porque se sentía esclavo. Cada día que el despertador sonaba puntualmente a las 8:00, cada día que saludaba a la recepcionista, cada día que entraba en el despacho marrón y de aire mustio, cada día que salía a las 18:00, tomaba un café y volvía a su solitario, pero ricamente decorado apartamento, moría un poco más. No tenía ninguna atadura al mundo más que codearse todos los días con el éxito. ¿Pero quién le obligaba? ¿Y por qué?
Nunca supo amar a nadie. Nunca supo amar a nada. Pero el sabía que podía. Había recorrido desde que nació un camino predeterminado, pero su alma era tan libre como el polen que en primavera le hacía estornudar. No estaba contento consigo mismo.
Y en ese instante de distracción superflua, llegó la colisión. Una joven de fugaces ojos grises chocó con el, parando inmediátamente después en seco, y callendo de espaldas al suelo. El se sintió ruborizado, e inmediatamente dobló sus rodillas para colocarse a la altura del suelo y ayudarla a incorporarse. Cuando los ojos de la chica (su hada) se fijaron en los suyos, el se sintió paralizado, taladrado. Sintió que esos ojos habían comprendido todo su ser, habían aspirado su esencia, le habían dejado al desnudo. No sabía explicarlo, pero inmediatamente sus mejillas tomaron un tinte rosa pijón.
-Quería que subieses hasta arriba, pero parece ser que me has encontrado antes. Yo soy quien buscas. Y quiero fundirme contigo, venderte mi libertad para que juntos busquemos otra distinta.
Salió corriendo asustado para no volver jamás
NOTA MENTAL:Si escuchas Sigur Ros - Hun Soro… quizás te guste