
Se encontraba en una esquina de la habitación. No existía ningún tipo de decoración, salvo un cuadro de algún autor cuyo nombre se había perdido para siempre en los anales del recuerdo. El cuadro reflejaba la mirada perdida de una mujer hacia el vacío. Las paredes marrón suave parecían estar callando todo tipo de secretos. Sentado sobre una tosca silla de madera, y apoyando el codo sobre una mesa circular con un pequeño mantel, el observaba aquella botella verde y reluciente. Se había vestido de gala para la ocasión, esto es, como siempre. Su camisa a cuadros con tonos alegres, sus vaqueros ajustados y su sonrisa nerviosa le delataban como un ser vulgar. Ni era más, ni era menos. Creía ver un pequeño halo blanco que envolvía aquel recipiente y se desplazaba alrededor de él rítmicamente, acorde a su pensamiento, y aquella aura perdía y ganaba intensidad conforme variaba el deseo de fundir su alma y el misterioso líquido. Finalmente, tentación y curiosidad dejaron de revolotear en círculos sobre su cabeza, y penetraron como humo hacia su interior. Su mano lentamente rellenó un pequeño vaso preparado de antemano. Mientras el líquido se vertía y el vaso se rellenaba, el se impacientaba, y tentación desplazaba a mesura de su sillón cerebral, hasta hacía unos minutos inexpugnable. Moviendo su brazo a cámara lenta, y sus pensamientos a una velocidad infinita, dirigió en un arco interminable su mano hacia su boca.
[iniciando…]
Con el primer sorbo, se elevó el telón de la realidad para que la función de lo onírico pudiese empezar. ¿Quién juzgaba en esos momentos que era realidad, y que era ficción? ¿No podía ocurrir que su cerebro juzgase unos estímulos eléctricos tan reales que desbancasen al mundo de átomos y leyes físicas esquivas? ¿Había algo de malo en ello?
El primer acto de la obra era sencillo. Todo era silencio. Se escuchaba crecer a las plantas, al agua de los ríos desgastar la ribera con su violento y continuo roce, al viento chocar contra las montañas. El estaba en medio, debía ser el protagonista de la función. Pero era incapaz de oír nada. El no producía ningún sonido. Empezó a gritar, y era incapaz de escucharse a sí mismo. Pero su pensamiento si podía escucharse, y fundirse con los sonidos del planeta en un orgasmo de sonidos imperceptible para cualquier otro ser. Se sentía en paz, y a gusto consigo mismo. Se sentía flotar. Levantó el brazo, y atrajo hacia sí todos los pensamientos del mundo. Podía verlos en diferentes tonos, colores y formas; en diferentes densidades y estilos. Había pensamientos elípticos, circulares, como rayos zigzagueantes, líneas casi rectas, pensamientos que volaban en círculos y llegaban hacia el. El podía sentirlos, aprender de ellos, observarlos, pesarlos y compararlos. Había pensamientos de ricos y pobres, de famosos y vulgares, inteligentes y mediocres, y todos ellos el podía sentir. Entendía todas las lenguas y se deleitaba en ellas, y mezclaba lo mejor de unas y de otras para dar lugar a lo que el tenía la certeza de que debía ser el lenguaje de los dioses
“Y esto es lo que hemos creado” se preguntó, con la parsimonia del que todo lo tiene, y el pesimismo del sabio que todo conoce. Desechó entonces el momento, agitó su brazo, desembarazándose de todos aquellos pensamientos que durante unos segundos le envolvieron, y volvió a la calma inicial.
[un segundo sorbo…]
Decidió entonces conocer el fondo del mar. Con una sola orden de su cerebro, su alma puso entonces camino a las profundidades abisales. Allí pudo ver una civilización de seres inteligentes, con su propio lenguaje de comunicación construido a base de burbujas marinas. Introducían las palabras en las burbujas, y las burbujas entre ellos se mandaban. También utilizaban este ingenioso sistema para mandarse sentimientos, sensaciones, impresiones. Y estos seres podían verle. Le dejaron vivir unas horas con ellos, le dieron de comer un pastoso brebaje para que curiosidad quedase saciada, y no volviese más a dominarle. Les dio las gracias, y partió de nuevo a la tierra donde todo pesa.
[vuelve en sí…]
Poco a poco fue abriendo los ojos. Su brazo, frío y entumecido, dormía placidamente ahora sobre la mesa. La habitación era mudo testigo de aquel viaje, pero aquellas paredes nunca iban a olvidar lo que habían presenciado. El se sintió relajado, mejor consigo mismo. Sacó del bolsillo de su camisa un bolígrafo y un bloc de notas, y con parsimonia y tranquilidad, escribió, sin ni siquiera mirar.
“Definitivamente no era agua”.
Dejo caer el bloc al suelo. Se recostó sobre la pared inclinando el taburete, y se quedó plácidamente dormido.