March, 2010

Alboroto, algarabía, griterío, barahúnda, escándalo, bulla, bullicio

March 1st, 2010 March 1st, 2010
Posted in Misticismos en la vida
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Mientras procuro encabezar una iniciativa para cambiar la entrada de la RAE, Lunes de “1. m. Primer día de la semana, segundo de la semana litúrgica.” a “1. m. Día de depresión, referente a la lejanía del descanso” y me dedico a poner mis múltiples asuntos en orden, la puerta de mi oficina se abre, mientras deja escapar un alboroto propio del momento inmediatamente después a un Tsunami o la colisión de un asteroide con el planeta. Por la puerta cruza mi enemigo declarado, Mohammed (cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia). Mientras habla por su teléfono rivalizando en intensidad de voz con el motor de un Boeing 747 defectuoso, y golpea su mano contra su pantalón vaquero de 5 € (sin rebaja aplicable(, me dedica un “Good morning”, mientras mis ojos inyectados en sangre por su irrupción devuelven el mismo saludo como si de una pelota de paddel se tratase.

Mi enemigo Mohammed proviene de un país localizado entre los meridianos 60º y 120º, en el que parece ser el silencio es motivo inmediato de apedreamiento público o algún otro sistema tradicional de ajusticiamiento. Mis últimas visitas a la sección de apareamiento de elefantes esquizofrénicos en el Zoo fueron más tranquilas que cualquier día de trabajo con él. Mientras lanza con furia sus objetos personales contra la mesa, se sienta en una silla y empieza a tocar la batería imaginaria, no para de hablar por teléfono y golpear objetos con la mano. Su localización es mi más inmediata espalda.

Mohammed, que tiene alergia al plástico y sus derivados, entiende que debe confraternizar más conmigo. Para ello, pone en manos libres su móvil para que pueda disfrutar del último hit del país que se encuentra entre los meridianos 60º y 120º. Lamentablemente, nuestra concepción de la palabra disfrute parece discernir en lo fundamental.

Astiado, procedo a colocarme mis Skullcandy de 55€ mientras busco cualquier canción con la intensidad suficiente para hacerme olvidar, para convencerme a mí mismo de que me encuentro en una solitaria y silenciosa oficina en la que puedo trabajar sin complicaciones, porque no hay interferencias exteriores que puedan distraerme de mi tarea.

Procuro concentrarme, pero la dificultad aumenta conforme Mohammed empieza a sacar sus gallos de pelea y colocarlos en su mesa. Al parecer, en el país que se encuentra entre los meridianos 60º y 120º, es tradición montar peleas de animales ilegales para obtener mayor rendimiento laboral.

Dándome la vuelta con un entusiasmo propio de alguien que quiere partirle la cara a su peor enemigo, le solicito con la mayor educación de la que puedo hacer gala que haga el favor de usar cascos y guardar sus gallos de pelea para otro momento. Mohammed, para quien la expresión “por favor” significa “sólo si quieres” se disculpa por el escándalo montado, guarda su móvil, sus gallos de pelea, y llama a sus amigos para cancelar las apuestas que estaba esperando con fervor para el combate de gallos del día de hoy. Con una cara que no da a entender “te amaré para siempre”, me vuelvo en mi silla y procuro esta vez procurar recluirme dentro de un sistema cerrado.

Mohammed decide que hoy no es necesario trabajar en la oficina, y decide realizar una conferencia telefónica de duración indeterminada. Dado que su interlocutor es sordo, Mohammed entiende que debe hablar lo suficientemente alto como para que el resto de los miembros de su oficina suframos una explosión timpánica.

Dado el estado de exasperación que me domina, decido que el destornillador presente debería mudarse en estos momentos al interior del cráneo de Mohammed. Con un rápido giro, agarro en la misma circunferencia el destornillador y lo giro para que haga impacto en las zonas blandas cerebrales. Con bastante éxito, el destornillador penetra limpiamente, mientras un pequeño chorro de sangre comienza a bullir por la herida y Mohammed se desploma sobre la mesa. Me aseguro de su muerte clínica, mientras extraigo el destornillador y me vuelvo a mi mesa. El resto de la oficina me aplaude y vitorea.

Despierto. Mohammed sigue en su competición de griterío personal. El resto de personal de la oficina parece estar teniendo el mismo sueño que yo. Finalmente, decido coger el ordenador y cambiarme de estancia.