August, 2011

The Deep South

August 11th, 2011 August 11th, 2011
Posted in Misticismos en la vida
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España profunda
He pasado multitud de veranos de mi adolescencia en un pueblo de esos de la España profunda, de esos ocultos entre valles y precarias comunicaciones de tren. Menos de 2.000 habitantes, con críos corriendo por las calles y jugando hasta las tantas de la noche, sin miedo a nada, porque nada había que temer. Las abuelas que yo nunca tuve eran de las del moño forzado y luto perpetuo, luto eterno por todos los que se murieron antes que ellas. Nunca las ví vestidas con ningún otro color. Y recuerdo su olor a rosas, porque siempre tenían un tarrito de crema con olor a rosas que le traía una chica que trabajaba en la urbe, y sus caras totalmente arrugadas y, sin embargo, cálidas y suaves al tacto.

Todas las arrugas del mundo se concentraban en sus caras, porque en sus manos y en sus piernas no tenían ni una. Manos rojas, calientes, muy suaves, aunque de dedos finos, y sus piernas eran la envidia de las mujeres jóvenes por lo bien hechas que estaban.

En el pueblecito de esas abuelas, donde pasé tantos veranos y tantas navidades, no olía a campo y ganado. Olía en verano a flores, a fruta, porque la huerta estaba casi detrás de cada casa, y en invierno… En invierno olía a chimenea en la que la madera se quemaba. Me encantaba pasear por las calles desiertas de las noches de invierno, bajo un silencio atronador, sin coches ni semáforos. Algún vecino apresurando el paso para llegar a tiempo a la cena, o volviendo de visitar a alguna de sus esquivas amantes. Siempre se cruzaba un “buenas noches” aunque apenas lo conocieras, porque a fin de cuentas seguro que había alguna conexión. Y recuerdo esas cosas, pero es curioso que casi lo que más recuerde sean los olores. Y no recuerdo un olor, sino una mezcla del que provenía de las castañas asadas, patatas con su piel, pan tostado con aceite, reuniones alrededores de los portales de un hogar para contar historias, o simplemente el olor del silencio. Todas las abuelas tenían tenía una mecedora donde se sentaban todas las noches, al lado de su portal o de la chimenea, y disfrutaban con sus nietos alrededor de la lumbre, el delantal colmado de caramelos y castañas para dárselos poco a poco, mientras los más mayores disfrutaban de una cerveza al bar o preparaban la cena.

Los abuelos que yo recuerdo llevaban las camisas tan bien cerradas que daba la sensación de que se ahogaría. Los cinturones eran de cordel y nudo pero los domingos, antes de ir a misa, aparecían tan arreglados que se quitaban de encima ese montón de años que el mucho y duro trabajo les había dado.

Y es que en los pueblos del [sur | centro] profundo los domingos la gente se engalanaba con sus mejores ropas, y éramos los de ciudad los que desentonábamos con ese modernismo inmaculado mal entendido, con esa superioridad tan inferior, faldas imposibles llenas de arrugas, trajes estirados… Los domingos era fiesta, y el pueblo entero se juntaba en la iglesia (las mujeres oraban, los hombres esperaban en el bar) para escuchar el sermón de don Alfonso, un cura que si tenía que decir con nombre y apellidos que había pillado a fulanito y menganita besándose en un portal lo decía, provocando con ello muchas conversaciones a la salida del templo.

Y después de la misa, el aperitivo: los bares se llenaban de gente deseosa de tomar una cerveza, un vino, una tapa de queso, lo que fuera, charlar con los vecinos y echar el rato antes de meterse en casa para comer.

La ventana del tren, convertida en televisor improvisado, dibujaba cada fin de semana un paisaje que nacía y moría a cada instante, presa de la velocidad. Los tonos verdes se confundían con los marrones y el sol, exhuberante, aportaba algo de alegría a la escena. Recorrer esa distancia, unos 200 kilómetros, era un ritual rutinario del que disfrutaba cada vez que lo hacía. Me dejaba llevar, aún cuando no tenía motivos para hacerlo, por la melancolía. Recordaba momentos pasados y me olvidaba del futuro,y mezclaba todo en mi memoria hasta crear el material del que, dicen, están hechos los sueños. España es honda y profunda, como un infierno. España es profunda y taconea pese a quien le pese, y se abanica y se toma un chato con tortilla, mientras expide su olor a ajo y lejía.

Dicen que los recuerdos que se guardan provienen de la infancia. Mi primer recuerdo proviene de la adolescencia.