May, 2012

Bisueños

May 2nd, 2012 May 2nd, 2012
Posted in Misticismos en la vida
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La ilustración de este post es de Sara Bonde

Ocurrió al amanecer, después de una de esas ocasiones en las que vives de noche para dormir de día, solidariamente acompañado. A pesar de tratarse de un día festivo, la fuerza gravitatoria de la cama era inusitadamente virulenta, y nos mantenía fusionados a ella con sábanas que actuaban como telas de araña. El sol comenzaba a alumbrar las motas de polvo a través de la ventana, y los sonidos que entraban por el balcón nos recordaban que en el mundo exterior todo funcionaba normalmente.

El primer intento de abandonar el lecho onírico fue vacuo. Tras el desperezo protocolario y el torpe y largo procedimiento de retirar las sábanas (semejantes ya a losas graníticas en este punto), convergimos en la conclusión de que algo ocurría que no nos permitía levantarnos e iniciar la rutinaria conducta de calentar el café, poner a hacer las tostadas y untarlas con mermelada y mantequilla. La crisis de histeria sobrevino cuando nos dimos cuenta de que sobre la cama había caído un libro de Kim Stanley Robinson, que hasta entonces había cumplido soberbiamente con un mero propósito sostenedor de otros libros. Mi femenina compañera comenzó a patalear y gritar, temerosa de que el objeto extendiese su tedio interior a nuestras vidas, ya de por sí condenadas a una eternidad de hastío.

Tras unos minutos vociferando con la esperanza de que nuestros compañeros de piso pudiesen acudir a liberarnos, la primera de ellas cruzó el borde que delimitaba el límite fronterizo entre nuestra habitación y el resto de la casa, casa que en estos instantes pertenecía a aquella sección del mundo que presentaba mayor grado de normalidad. Cruzó en camisón y descalza por la puerta, aunque presentaba claros signos de actividad (lo sospeché sobre todo porque trabajaba como probadora de cafeína). Su primer gesto al ver el libro yaciendo sobre la cama fue de desprecio.

-¿Qué hacéis con eso en la cama?

-¡Déjate de tonterías y ayúdanos!

Las siguientes horas se asemejaron a una tragicomedia griega. Mientras todos los compañeros de piso fueron acudiendo progresivamente e ingresando a nuestra habitación, se adjudicaban la experticia en el tema a pesar de ser la primera vez que habían presenciado tal suceso.

-Probad a hacer palanca con esa guitarra.

-Intentad voltear la cama

-¡No, será mejor separarlos con agua caliente!

Al final, uno de los compañeros que reclamó para si mismo el trono de adalid de la situación vociferó la que acabó tornándose la resolución más aplaudida.

-Dejémosles aquí, nunca podremos vencer a una fuerza tan hercúlea.

Los días y las semanas comenzaron a pasar por delante de nuestros ojos, mientras nosotros permanecíamos inmóviles en aquella cama. La pesadilla de cada día laboral por la mañana se había tornado perenne, y acabamos aceptando aquella situación con el sometimiento tácito característico del siervo a la autoridad, autoridad mobiliario-onírica en este caso. Una de mis compañeras de piso tuvo la delicadeza de cocinar para tres y acercarnos cada día a la cama un plato con el que poder llenar el estómago: Bratkartoffeln, spaghettis carbonara, diversos tipos de ensalada… durante un tiempo, tuvimos un viaje gastronómico por los mejores destinos del mundo, algo que en parte palió nuestra situación.

Tras varios meses en la misma situación, que dedicamos al estudio y la lectura por la imposibilidad de dedicárselo al deporte, mi compañera sugirió que deberíamos aprovechar nuestra experiencia de los últimos tiempos para poder establecer nuestro propio negocio como autónomos. Tras una negociación salvaje ([…]vale cariño[…]), tomamos la decisión de contactar con una empresa que surtía de materiales a las prisiones nacionales. Un mustio representante acudió una lluviosa tarde de Octubre a nuestra casa. Tras observar la situación, decidió que aquel negocio revolucionaría a los presidios a lo largo y ancho de la geografía. Tras estudiar durante un tiempo qué confería el poder a aquella cama, parece que dieron con el fondo de la cuestión.

Meses más tarde, las prisiones del país estaban llenas de aquellas camas que impedían salir una vez que uno se había echado una siesta, aunque tan sólo se hubiese tratado de un cabeceo. Las prisiones de alta seguridad acabaron llenas de habitaciones con camas, donde yacían peligrosos criminales. Camadas y camadas de mayordomos, que habían sustituido a los guardias de prisiones, se encargaban de cuidar el entorno de los reos.

Nosotros decidimos seguir en la cama.