Brasil: Música

Descubrir Brasil equivale a un reencuentro con la música, las músicas, y perderse en ellas hasta no ser mas que la música del propio cuerpo. Aqui, la música es una manera de vivir, alegre o triste, que importa. La música permite existir. Pocos pueblos viven tan musicalmente. Aqui, incluso la lengua portuguesa ha cambiado de tono para introducir música, y el simple sonido de las palabras ya hace ondular el cuerpo. En primer lugar, está la samba, naturalmente -llamada “el” samba o “su majestad”- que, como ella misma dice, nace del corazón. La samba puede ser lenta, una canción, casi un blues:(samba canção); puede ser un himno al ritmo trepidante y entrecortado de los desfiles de carnaval (samba de enredo), o incluso una marcha provocadora del entusiasmo colectivo (marcha rancha). Pero sobre todo y siempre samba, esa samba que se crea aprovechando un juego de palabras, un deseo expresado, un recuerdo recobrado, una frase fugaz. Compuesta en la mesa de una taberna, percutiendo con los dedos una caja de cerillas, la samba recorre el barrio, la ciudad, aparece en la radio y, de un día para otro, está en todos los labios, en todas las lágrimas, asomando en todas las sonrisas. Id a escuchar a Paulinho da Viola o Beth Carvalo en Rio, a José Bezera da Silva en São Paulo, o a Martinho da Villa y lo comprenderéis.

La samba lo digiere todo. La música brasileña recoge las múltiples influencias de la música mundial y las devora, pero con su propia salsa. Hija de los Beatles o de los terreiros, todo lo asimila. Y surge la Bossa Nova, la de Tom Jobin, desaparecido en 1994, que compuso mas de 500 partituras, desde Orfeo Negro hasta Chica de Ipanema o Desafinado, y la Bossa del también desaparecido Vinicius de Moraes y de João Gilberto, que parece murmurar su música en nuestro interior. Caetano Veloso, el poeta y músico mas turbador, está mas allá de la samba, mas allá de las estrellas. Por tanto, si le véis pasar en concierto, corred, dejadlo todo, no os lo perdáis. Escuchad tambien la voz de Gal Costa, “la voz que mantiene toda la pureza de la naturaleza, donde no hay pecado ni perdón”. Gilberto Gil, otro bahiano de ritmo fuerte y seductor; y también Chico Buarque, el carioca en el cual anidan, a la vez, la vena popular de la samba de cualquier esquina de la calle y el intelectual rigoroso, de gramática matemática. En Minas Gerais es la voz, son las voces de Milton Do Nascimento las que viven en la montaña tropical…

Las nuevas corrientes se afirman. Hoy, Brasil digiere el rap, como ayer digería la música pop, Retorno a lo real “crudo y duro”, y sin embargo swing. El de los Racionais o de Raça Negra, en São Paulo, que mueve a multitud de jóvenes en estadios y plazas, bailando y manifestando su odio a la policía; y el afro-rap de la comunidad Olodum, en Bahía, que es al Brasil negro lo que Johnny Clegg es a África. Comprad los discos de Raul Sexas, desaparecido repentinamente en 1992, que canta la rabia y el deseo de una juventud marginada, y cuyas palabras tararean todos los bandidos de 19 años.

Y, además, las músicas del Noreste: el foyro de energía calurosa, con sus ritmos caribeños, de acordeón y percusiones; el frevo de Recife o la languidez sertaneja. Habitualmente en Brasil hay conciertos en todas partes. No son caros y raramente aburrirán. Y es que los brasileños no sienten vergüenza. Muchas veces, por la noche, la música llega sola, entre amigos: basta una guitarra, una caja de cerillas y saudade, esa palabra que otras lenguas ignoran y que es, quizá, el secreto de una música que está en la naturaleza misma de las cosas.

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