Con ojos cansados, mentes cansadas, almas cansadas, dormimos

Domingo al alba: estado de ánimo borrascoso, con pocos claros y una probabilidad de precipitaciones del ochenta por ciento en concomitancia con un cielo que se conjetura a través de los ventanales translúcidos. Un chico con gafas sostenía un voluminoso libro contenedor de alguna de las áreas del saber, aunque sin su conocimiento era el libro el que le devoraba a a él. La rutina hacía que las páginas se fuesen pasando de manera mecánica, sin conseguir que el contenido sedimentase en un cerebro abstraído por las circunstancias. Aparentemente distraído, un cigarro expele su carga de humo y se consume sin estar siendo cumplido el propósito para el que fue tenaz y manualmente enrollado. Aquel chico en realidad pensaba en el por qué de los cómos y en todos los cuándos que jamás llegaron a ser pasado, que ni siquiera han acariciado las mieles del presente.

-No lo estás haciendo – la voz que brotaba de aquel hombre anciano posando justo en frente sonaba repetitiva. Por un instante, él recordó todas aquellas películas de protagonistas caducos determinados a acabar con su vida. La disyuntiva más frecuente era si había vida después de la muerte, pero él sólo se preguntaba si había vida antes de la muerte.

-Estás ahí sentado, y no lo estás consiguiendo -. Él obviaba deliberadamente los argumentos del anciano. Atrás quedaban aquellos años grabados en blanco y negro en su memoria. Tiempos en los que la rebelión era inconsciente e inevitable, en las que estaban presentes aquellas guerras fraticidas para forjar su personalidad y de camaradería encubierta consigo mismo. Lejos quedaban algunos compañeros parapetados en la misma batalla, y que compartían con él anécdotas que más veces había narrado en su vida. Después ya, en technicolor, todo había cambiado. Rutina conseguía instaurarse por momentos en ese escalón de su vida, a pesar de las cruentas batallas que él lidiaba para eludir lo que se estaba convirtiendo en una realidad inapelable.

-La soledad, como la venganza, se sirve siempre fría. No sé exactamente cuál de los dos platos te estás comiendo en este preciso instante, pero te aseguro que los dos serán igualmente insípidos. Eres lo que la gente recuerda de ti. Y yo, ahora, no soy nada. – El chico apretó los puños sobre el mastodóntico libro después de la última frase. Ejercía de geólogo con su vida personal, buscando el instante en el que poder pasar de un estrato a otro (preferiblemente hacia abajo). Tanto tiempo había pasado desde la última caída que aquella película en blanco y negro presentaba demasiadas lagunas. La verdad dolía mil veces más de lo que el podía esperar, y escuchando las palabras del anciano sentía mil puñales de frío atravesando cada centímetro cuadrado de su piel.

Decidió entonces moverse al polo extremo del sofá, para evitar situarse en frente del deteriorado espejo.

[With tired eyes, tired minds, tired souls, we slept] es un tema de Explosions in the Sky

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