El perverso efecto de la gratuidad universitaria

Por José L. Salvador @ 21/05/2004

Bajas tasas universitarias llevan a masificación, y esto a mediocridad. Tenemos una universidad subvencionada al 80% con nuestros impuestos, y complementada con un sistema de becas timorato, poco ambicioso y poco selectivo.

El coste para el alumno de una matrícula universitaria pública es de 1.500, 2.000 o 3.000 euros. El coste para las arcas públicas de esa misma matrícula es de 8.000, 12.000 o 16.000 euros.

En estas condiciones, quien no tiene prisa o se lo puede permitir, sale ganando: puede estarse diez años en la universidad, con las comidas, la ropa y las copas pagadas por papá. Nadie le presionará cuando llegue a casa, después de una “dura” jornada universitaria, instándole a que “se gane el pan”. Cuando finalmente acabe sus “estudios”, tendrá trabajo en la empresa de papá, o con alguno de los muchos contactos de papá. O vivirá de las rentas de papá. Da igual.

En cambio, quien no tiene recursos, malvivirá sin incentivos, en el mejor de los casos con una beca miserable, rodeado de un número excesivo de “compañeros” universitarios. La presión familiar y el coste implícito que supone para una familia con poco dinero perder años en los estudios universitarios, le irán haciendo mella.

La enseñanza pública es hoy en día, para todos, de escasa calidad, masificada y sin medios. El profesor no puede distinguir el grano de la paja. El alumno, tampoco. La docencia se convierte en pasotismo conformista, a menudo endogámico.

Por otro lado, quienes quieren enseñanza universitaria de calidad, sólo tiene una opción: algunas universidades privadas, que son coto cerrado para los que pueden pagárselas. De una u otra forma, quienes tienen recursos económicos, salen ganando.

¿Es esto una política progresista? Pues me hago de derechas, oiga.

Si se exigiera el coste íntegro de sus matrículas a todos los alumnos, y a renglón seguido se estableciera un sistema de financiación de estudios basado en su capacidad, ponderado según su nivel de renta, se podría conseguir:

– Aumentar la calidad.

– Disminuir la masificación.

– Mejorar la relación con el mercado de trabajo.

– Mayor justicia social.

No es difícil de hacer. Sólo hay que tener agallas para aparecer ante la opinión pública como el ogro que “subió las tasas” un 500%.

Veamos: Cobrémosle a Pepito sus 9.000 euros, que es lo que cuesta realmente su enseñanza de segundo de Derecho. A continuación, démosle un préstamo por igual cantidad. O sea, en la práctica, no le cobramos nada y dejamos la cuantificación del importe a pagar para… septiembre del año que viene, cuando sepamos cuál ha sido su rendimiento.

En septiembre del año siguiente, aplicamos un baremo en función de su rendimiento global durante el curso:

– De 9 a 10: 1 punto.

– De 8 a 9: 0.80 puntos.

– De 7 a 8: 0.50 puntos.

– De 6 a 7: 0.25 puntos.

– De 5 a 6: 0.10 puntos.

Baremo exigente. Baremo pensado para los brillantes. No para los mediocres, como ahora.

A continuación, multiplicamos el resultado por unos coeficientes correctores según la renta familiar (ejemplo a vuelapluma):

– Menos de 10.000 euros: 1.50

– Menos de 18.000: 1.25

– Menos de 25.000: 1.00

– Menos de 35.000: 0.50

– Menos de 50.000:0.10

– Más de 50.000: 0.00

Así, si Pepito es brillante (9.3) y pobre (8.100 euros de renta), y su matrícula tiene un coste real de 9.000 euros, una vez terminado el curso le exigiremos que nos los pague, pero en el mismo acto le entregaremos la bonita cantidad de… 9.000*1.00*1.50=13.500 euros. Es decir, le estaremos sobrefinanciando la carrera, y premiando su esfuerzo y su valía.

En cambio, si Juanito es mediano (5.3) y acomodado (47.000 euros de renta), una vez acabado el curso, le pediremos que nos pague los 9.000 que hemos invertido (que la sociedad ha invertido) en él, y valoraremos su rendimiento en… 9.000*0.10*0.10= 90 euros, que le descontaremos del importe a pagar. Es decir, en la práctica, que le pague la carrera papá. Y que se despabile y estudie más para el año que viene. Y que deje de vivir del cuento, de paso.

El efecto conjunto será una fuerte liberación de recursos a favor de quienes realmente los merecen, una posibilidad de mayor inversión en medios técnicos y docentes, una disminución de la endogamia universitaria, una disminución del número total de alumnos, una selección más adecuada de los mejores, una mayor motivación de alumnos y profesores, una más justa evaluación del rendimiento, una mejor adecuación al mercado laboral, y una dignificación de la enseñanza universitaria pública, que falta le hace.

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